Ésta más que una despedida, es un testimonio de muchos de los gratos momentos que pasé con un gran amigo; un homenaje a su vida, su ejemplo y su labor, en nuestra querida institución, el Banco Central de Reserva del Perú.
Conocí a Renzo el 1º de diciembre de 1982, cuando logré
ingresar como practicante al entonces Departamento de Análisis e Investigación
Global, de la también entonces Gerencia de Investigación Económica.
Renzo ya había ingresado al Banco en mayo de 1982, al haber
obtenido el primer puesto en el “Curso de Extensión Universitaria en Economía”, que se
realiza todos los años, de enero a marzo. Él era mi jefe directo y tenía como
hábito ir todos los viernes por la tarde al Centro de Información y Documentación
(CID), situado en el primer sótano del edificio de 8 pisos y 4 sótanos de la
Oficina Principal del Banco.
Decía: “voy al CID”. Pregunté a Lillian Arce Alvarado,
economista también de la Pacífico y hoy Data
Analyst at PFA Team, en Miami, Florida, ¿Lillian qué es el CID?, y cortésmente
me contestó: “el Centro de Información del Banco José Antonio”.
Esperé al viernes siguiente recuerdo y Renzo volvió a decir: “voy al CID”. Presuroso le dije, ¿te puedo acompañar? y me respondió: “claro que sí”. El Departamento de Análisis e Investigación Global estaba en el sexto piso, fuimos al ascensor y llegamos al primer sótano; allí conocí el CID. Había un silencio sepulcral que me impresionó, ya que en las bibliotecas siempre hay un poco de ruido; en ésta, literalmente, no volaba ni una mosca. En ese entonces había ficheros. Me dirigí, como se acostumbra, a uno de ellos y Renzo me llamó con un gesto, sin palabras. Al acercarme me dijo al oído: “vamos a ver las joyas”. Se acercó al mostrador, saludó y me presentó a Gladys Capelli, Jefa del CID. Levantó la parte superior extrema del mostrador e ingresamos. Quedé sorprendido, ya que no es costumbre dejar ingresar lectores directamente a los stands; a Renzo sí se lo permitían. Caminando me dijo: “te voy a enseñar donde están las joyas”. Se dirigió al último stand: “aquí están”. Revisó como diez libros, sacó dos y me dijo: “uno para ti y otro para mí”. Gracias Renzo, contesté. Lo vi y estaba en inglés; vi el de él y también estaba en inglés. Esto porqué era lo último publicado en Economía. Saliendo me dijo: “trata de leerlo para el próximo viernes que venimos a devolverlos, solo los prestan por una semana”. Al aceptar ese compromiso, es que conservo hasta ahora, el hábito de la lectura.
Gracias querido Renzo por todas las enseñanzas. No es un
adiós, ¡es un hasta siempre!

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