Además de todo esto, tenemos que ambientarnos a colapsos económicos o desórdenes políticos o sociales, a la delincuencia y a la falta de seguridad ciudadana debido a la pandemia.
Sí, se nos olvidó soñar y dicen que "soñar no cuesta nada". Efectivamente, no cuesta nada, pero no lo hacemos.
Debemos soñar cuando llamamos por teléfono, o enviamos un WhatsApp a alguien que realmente deseamos; cuando viajamos; leemos un libro; escuchamos música; vemos una película o un dibujo animado (les aconsejo "The Coods"); paseamos a nuestra(s) mascota(s), si las adoptamos y podemos darles buena calidad de vida, como Almendra y Adriana, de mi hija María Claudia y su esposo Jorge, y como Manuelita, de mi hija Lucía. Y Betty y yo, cuidando y viendo (y no mirando) en nuestro acuario, a tres lindos goldfish León, Pequeñín y Sirenita, haciendo sus piruetas.
Solamente podremos soñar si tenemos paz y tranquilidad, sin odios ni rencores, mala vibra, pesimismo o desesperanza. Sacar de lo malo, lo bueno y estar plenamente convencidos que el enfrentamiento debilita a todos. Como dice Albert Camus "Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio".
Mi Padre con 92 años en lucidez me dice, "hijo, perdonar y olvidar". O cuando nuestro querido vigilante Marcial, a quien conozco hace 30 años me dice: "el mal se gana con el bien, y si alguien actúa mal, es su problema".
Y al igual que Aladino, solo pide tres deseos para poder recordarlos y soñarlos.


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